El hierba es para las vacas: el desastre argentino en wimbledon

Manolo Santana, con su visión implacable, ya lo dijo en 1963: ‘La hierba es para las vacas’. Una frase que resuena hoy con la dolorosa realidad de la derrota de los nueve tenistas argentinos en el Abierto de Londres. Un fiasco que recuerda a épocas oscuras de la historia del tenis nacional.

Un clásico en ruinas: la catedral no es un edén para los albiceleste

La imagen es desgarradora: un cuadro de ausencia argentina en las rondas finales. Después de años de promesas incumplidas, la ilusión de un nuevo protagonista se ha desvanecido en la hierba de la Catedral. La eliminación temprana de figuras como Cerúndolo y Etcheverry, cabezas de serie, es solo la punta del iceberg. El talento, la preparación, la suerte… nada pareció ser suficiente para superar el desafío de un torneo dominado por la velocidad y el juego de saque.

La jornada se vio empañada por la lesión de Camilo Ugo Carabelli, que se retiró ante el español Mérida, y el dura batalla de Sebastián Báez, quien perdió en el quinto set ante Struff. Un desastre que se remonta a 2019, cuando Guido Pella cayó ante Bautista, y que se palpa en el recuerdo, lejano, del semifinalista Juan Martín del Potro en 2013. Y, muy antiguo, en la época dorada de David Nalbandian, quien alcanzó el finalista en 2002.

El legado de vilas: un genio en la hierba, una frustración en wimbledon

El legado de vilas: un genio en la hierba, una frustración en wimbledon

Si hablamos de Wimbledon, las figuras argentinas siempre han tenido una relación ambivalente con el torneo. Guillermo Vilas, un auténtico genio en la superficie, llegó a cuartos de final, pero nunca logró trascender esa barrera. Sin embargo, su dominio en la tierra batida, donde conquistó dos Abiertos de Australia –en 1978 y 1979–, es un testimonio de su talento innegable. Pero en la Catedral, la historia ha sido siempre de decepciones.

La frustración es palpable. La eliminación de los nueve representantes albicelestes es un recordatorio amargo de que la hierba, esa superficie que tanto ha definido el tenis argentino, sigue siendo un campo de batalla implacable. Y, como dijo Santana, quizás, “la hierba es para las vacas”.