El envejecimiento no es un número: la mente se retira

La paradoja es fría: cuanto más vivido es, menos se siente el mundo. Rodrigo Arteaga, médico especializado en longevidad, describe una realidad inquietante: el verdadero envejecimiento no reside en el reloj, sino en la propia mente.

La curiosidad, la armadura contra la desidia

La curiosidad, la armadura contra la desidia

El doctor Arteaga apunta a una causa fundamental: la pérdida de la curiosidad. “Dejar de sentir curiosidad” es, según él, la forma más silenciosa y devastadora de envejecer. Es una triste constatación: hay personas vibrantes en el séptimo piso, mientras otras, con más años, se ahogan en la apatía.

La experiencia, sin embargo, no debe convertirse en un escudo de arrogancia. El error reside en confundir la experiencia con la certeza, en creerse inmutable, impenetrable. El verdadero desafío es mantener la mente abierta, receptiva a lo nuevo, a lo desconocido. Un error común, lo advierte Arteaga, es “que nada te sorprenda, que todo te dé flojera y que empieces a confundir experiencia con tener la razón.”

La solución, irónicamente, es volver a ser principiante. Leer textos que desafían nuestra comprensión, dialogar con individuos que nos obligan a cuestionar nuestras certezas, probar actividades que nos devuelven a la infancia, y, sobre todo, seguir haciendo preguntas. Es un esfuerzo constante, una disciplina mental.

“Lee cosas que no entiendes, habla con gente que te haga pensar, prueba algo donde vuelvas a ser principiante y sigue haciendo preguntas.” Esta es la receta, según el experto, para anclar el presente y evitar la trampa de la resignación, ese pensamiento habitual de quienes creen haber llegado demasiado tarde. El cuerpo se deteriora, es una ley física ineludible, pero la mente, si se alimenta de estímulos, de aprendizaje, de desafío, puede resistir el paso del tiempo con una vitalidad sorprendente.

El médico, en sus redes sociales (X.RRSS), nos insta a no conformarnos con la idea de que el conocimiento es un patrimonio cerrado. Es un recordatorio contundente: la mente, al igual que un músculo, debe ser ejercitada. Y el mejor ejercicio, sin duda, es la búsqueda constante de lo desconocido.